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El cine es ensueño, es música. No hay forma de arte que vaya más allá de la conciencia ordinaria como lo hace el cine, directamente a nuestras emociones, al penumbroso recinto del alma.

Ingmar Bergman.

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26 octubre 2011

Erin Brockovich – Steven Soderbergh (2000)



La voluntad de poder


El cine de Steven Soderbergh es de juicio crítico hacia los problemas sociales, un tanto en la línea del de Oliver Stone. Ya en Traffic abordó el flagelo del tráfico de drogas, en Che da un vistazo a la vida de Guevara y su revolución, y en Eric Brockovich se aboca a la denuncia en relación con la contaminación ambiental y los daños colaterales de la misma. Esta película, sin embargo, y al igual que Che, se basa en una historia real. La verdadera Erin Brockovich llevó a cabo la demanda contra PG&E, la más grande de la historia de EUA, por un monto superior a los 330 millones de dólares. No es gran cosa, pues apenas es algo más que lo recaudado por esta película.

El puntal principal de esta cinta es la excelente actuación de Julia Roberts, acompañada por el veterano Albert Finney, un abogado venido a menos hasta que Erin lleva hasta la cima al bufete al que le exigió trabajo. La demanda que se lleva a cabo contra la empresa, es en relación con los daños a la salud que ocasionaron los detritos del proceso industrial a los vecinos a la planta que los producía. Esto nos lleva al tema central: la polución industrial. La revolución industrial, que todavía la tenemos actuando hoy, y que no vamos a salir de ella en un buen tiempo, trajo como secuela daños colaterales tanto al ambiente (flora, fauna, suelo, agua y aire) como a los humanos. La producción industrial ha ocasionado daños conocidos y daños accidentales. Muchos daños accidentales apenas se comienzan a reconocer recientemente, son esos perjuicios que eran imprevisibles, que los diseñadores de los procesos industriales no alcanzaron a prever y que se han convertido en un verdadero dolor de cabeza para la sociedad en su conjunto, tanto para los industriales mismos como para los gobiernos y para los habitantes de este planeta único e irrepetible que sirve de hogar para todos. Sobre esas secuelas indeseables se está trabajando, mejorando los procesos y haciéndolos más amables con el ambiente. Un ejemplo es el control de emisiones que tienen hoy los automóviles cuando salen de fábrica; aunque no siempre vemos vehículos que conformen la emisión de gases. En nuestro país abundan los automóviles-fumarolas y, por cierto, ni siquiera son amonestados por ello.

Pero lo más preocupantes, y es la denuncia de Erin Brockovich, es la contaminación ignorada pero conocida, no accidental sino deliberada. Con la avidez de dinero que tienen muchas empresas y muchos funcionarios gubernamentales, esto es difícil de erradicar. La avaricia aplasta cualquier código moral, y los daños no son siquiera evaluados hasta que surge una demanda como la que refiere esta película. El único castigo es penalizar a la empresa o impedirle la continuidad de sus operaciones hasta tanto cuente con los debidos procesos que no ocasionen contaminación ambiental. Es un asunto de bioética, materia que, seguramente, muy pocos industriales conocen, y muchísimos habitantes tampoco.

Es a diario que uno puede observar la violación más descarada sobre la disposición de residuos en nuestro medio, por no hablar de la polución grosera de las empresas básicas de Guayana, como lo evidencian la macabramente célebre laguna roja y el alto índice de enfermedades respiratorias de los habitantes de Puerto Ordaz.

También es digno de destacar la tesonera voluntad de Erin en lograr un objetivo y hacer que su vida tenga sentido. Esa voluntad de poder, muy típica de los norteamericanos (a decir por sus películas y por sus logros reales), es la que hace a los pueblos grandes. En Latinoamérica debería ser de lectura obligatoria el Zaratustra de Nietzsche, a ver si aprendemos algo, conjuntamente con algún buen libro de ética. A los que pretenden hacer política, quizás seria conveniente inyectarles el libro de ética vía intravenosa.

El hilo narrativo de este film de Soderbergh logra que el espectador no pierda interés en ningún momento. Si a eso le sumamos la inolvidable interpretación de J. Roberts lo que queda es una excelente película que, al igual que muchas otras, tan solo es un espejo de la dramática vida real.


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Proyecto El chico

En 2007 realizamos un proyecto en ambiente Web 2.0: traducir la película -en dominio público- El Chico, de Charlie Chaplin (1921), a diversas lenguas. Inicialmente en Google Video se tradujo a 26 lenguas, 4 de ellas por humanos: 3 por colaboradores de Portugal, Francia e Italia, y el autor de este blog. Las demás lenguas se tradujeron vía traductores online, mayormente a través de Translate Google. Actualmente la película está en YouTube, con intertítulos en 12 lenguas. Más información sobre este proyecto en este enlace. Ver la película en YouTube.

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