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El cine es ensueño, es música. No hay forma de arte que vaya más allá de la conciencia ordinaria como lo hace el cine, directamente a nuestras emociones, al penumbroso recinto del alma.

Ingmar Bergman.

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27 marzo 2015

Medianoche en París - Woody Allen (2011)



Es el trabajo del artista no sucumbir a la desesperación, sino el de encontrar un antídoto contra el vacío existencial.
Dice Gertrude Stein en el filme


Gil Pender (muy bien personificado por Owen Wilson) pasa una temporada en París junto a su prometida Inez (la hermosa Rachel McAdams) y los padres de esta. Gil es un guionista cinematográfico, pero quiere incursionar como escritor de literatura, algo que considera más serio. Los desencuentros entre Gil e Inez no se disimulan, al tiempo que Inez está prendada del encanto intelectual de un pedante amigo común, Paul Bates (Michael Sheen), a quien Gil no pasa. Terminan, como era de esperarse, saliendo cada quien por su lado. En una noche, mientras Gil deambula por un París mojado por la lluvia, es invitado a abordar un viejo automóvil, conducido nada menos que por Francis Scott Fitzgerald y su esposa Zelda, y llegan a un bar de los años 20, con gente de esa época y de esa estirpe. Gil queda maravillado y en las noches posteriores va al mismo rincón para abordar un vehículo del pasado que, cual máquina del tiempo, lo transporta el mágico mundo de la gente que él tanto admira: Ernest Hemingway, Pablo Picasso, Salvador Dalí, Luis Buñuel y demás luminarias de ese entonces. En una ocasión le deja la copia del libro que escribe a Gertrude Stein, de quien obtendrá objetivos y sinceros comentarios. También inicia un romance con Adriana (la hermosa y excelente actriz Marion Cotillard), amante de Modigliani, Picasso y Hemingway. Estos escapes espacio temporales de Gil terminarán por cambiar su vida y la relación con su prometida Inez.
Woody Allen, el Ingmar Bergman norteamericano, realizó esta exquisita película con los ingredientes típicos de su filmografía: humor, visión introspectiva, existencialismo puro, exploración del interior de la mente y del alma humanas, desencuentros amorosos, la vida de los intelectuales, entre otros. Allen es uno de esos cineastas de los que es más fácil y rápido decir cuáles son sus obras menores que cuáles son sus mejores filmes, pues son la mayoría. Esta es una de sus mejores obras, sin duda alguna.




El artista en el mundo

Una de las primeras apreciaciones de Gil en ese ambiente retro es la sencillez y naturalidad con la que los artistas confrontan sus obras, con honestidad y sinceridad, por encima de la parafernalia intelectual de la que tanta gala hace Paul, con la que Inez delira. El disgusto por la modernidad que tiene Gil se conjuga con el encanto que siente por la época de Hemingway, Fitzgerald, Buñuel y los demás. Allen reafirma en las escenas de los artistas la visión schopenhaueriana de la indivisibilidad del sujeto-objeto que se extrema en el caso del arte, el cual considera que es el único estadio capaz de hacer del hombre un ser feliz. La frase que Allen pone en labios de Gertrude Stein[1], que encabeza esta nota, es la síntesis de esa visión del arte y de la misión del artista. Y Woody Allen, quiéralo él o no, ha sido uno de esos artistas que no ha pasado bajo la mesa, que ha enfrentado la vacuidad de la existencia y nos ha ofrecido obras que desmenuzan la angustia del hombre moderno, su desesperación, sus pasiones, sus frustraciones. Y siempre acompañado de un humor elegante e incisivo.


El pasado nunca está muerto; ni siquiera es pasado.

En una ocasión en la que pasea por las calles de París en compañía de Adriana, su nuevo amor y musa, toman un carruaje que los lleva aún más atrás en el tiempo, a finales del siglo XIX, a la Belle Époque, de la que Adriana es nostálgica. Allí alternan con Gauguin, Degas, Toulouse-Lautrec. Gil aborrece el presente y se siente mejor en los años 20, mientras que Adriana se siente mejor en la Belle Époque que en su presente (los años 20), y los personajes de la Belle Époque piensan que lo realmente relevante fue el Renacimiento. Todos ellos piensan que su época es la peor y que todo tiempo pasado fue mejor. En el diálogo entre ellos, surge la previsible idea de que esta percepción, aplicada suficientes veces, nos lleva a los inicios de la civilización occidental y a recordar las ideas platónicas de lo bello, lo justo y lo bueno. Se podría suponer, entonces, que esta fue, en efecto, la mejor época. Para un acérrimo enemigo de la finitud del hombre, como lo es Allen, este pensamiento de la unicidad del tiempo es particularmente atractivo, pues puede llevar implícito la unicidad del Ser. El pasado nunca está muerto; ni siquiera es pasado[2]. Contrario a la tesis de que no existe el pasado ni el futuro, que todo es presente, también se podría enunciar que no existe presente, porque ya pasó, y solo existe el pasado, mientras que el futuro tampoco existe porque aún no ha ocurrido. Es decir, solo existe lo que ocurre o lo ocurrido. Es una cuestión tan relativa como el tiempo mismo.




Yo y mis personajes. Yo y mis autores.

En Desmontando a Harry (también llamada Desconstruyendo a Harry), Allen se coloca en los zapatos de un escritor que lidia con sus personajes, quienes al final lo homenajean, como al profesor Isak Borg, de Fresas salvajes (Bergman, 1957), filme que inspira directamente al de Allen. Son sus personajes, sus fantasmas. Aquí, Gil no lidia, pero comparte y disfruta de sus autores favoritos. Quizás en el fondo se trata de admiración por los grandes genios de la literatura al tiempo que cierta inconformidad con la obra realizada. Allen quizás se exige demasiado. Ambos ejercicios son prodigios de la imaginación llevada al terreno del análisis, pero también de la poesía. Si hay alguna película de este cineasta que tiene poesía en altas dosis es esta. No es la única, recordemos Hannah y sus hermanas, por ejemplo, o Manhattan, o Interiores. Pero Medianoche en París no se queda atrás. Eso es algo que uno siempre quiere ver en las películas de Allen, pero no en todas tiene cabida porque el intelectualismo predomina sobre lo volitivo. Afortunadamente en este filme la poesía ha podido colarse y dar su enorme aporte. Si el humor aligera la pesadez reflexiva, la poesía le eleva la estética (y el pathos) a niveles donde la belleza, no necesariamente formal, se enseñorea del filme al punto que puede tornar secundaria a la reflexión.


El humor siempre presente

El cine de Woody Allen trata de temas trascendentales. Sin embargo, el humor siempre tiene cabida, siempre percola y aligera la pesada reflexión que conforma la propuesta fílmica. Si hay algún cineasta que se ríe de sí mismo con total impunidad es Allen. Y, al reírse de sí mismo, también se ríe de todos los hombres; unos con más y otros con menos angustias que él, pero todos con angustias similares. Dicen que la esperanza es la última que se pierde. No lo creo así. Pienso que se puede perder incluso la esperanza, pero el día que uno pierda la capacidad de reírse de uno mismo, ese día sí estará muerto.

Las situaciones de humor en este filme son diversas, desde la estándar escena del sorprendido in fraganti (el apuro de Gil cuando es sorprendido con un regalo para Adriana) hasta un Buñuel diciendo que el argumento para una película propuesto por Gil era absurdo (se trata del argumento de El ángel exterminador)[3], pasando por la graciosa pérdida en el tiempo de un detective que el padre de Inez contrató para seguir a Gil por las noches. En el cine de Allen, incluso las escenas de humor tienen su trasfondo.


Al final el amor

Gil, que no es más que Woody Allen, se da cuenta de que Inez no es la media naranja que él necesita, que él quiere. Igual le ha pasado al cineasta en su vida privada. El viaje circular lo hace ver y entender que es un error continuar con ella. Al final, se topa con Gabrielle, una chica francesa a la que le había comprado un viejo disco de acetato de Cole Porter, músico que a ella también le gustaba. No era el único gusto que tenían en común, también gustaba de París cuando llovía. El amor, que no parecía haber sido uno de los elementos del filme, a pesar de que emerge en ocasiones, al final es el que bisela las cortantes aristas existenciales de Allen. Perdón, de Gil.

Medianoche en París es una película fundamental en la filmografía de Woody Allen. No solo por los temas que toca, muchos de ellos reiterativos en este cineasta, sino por la forma en la que son tratados. Fondo y forma se han amalgamado en esta joya del genio neoyorquino.


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[1] Ignoro si la Stein real la dijo.
[2] Frase original de William Faulkner mencionada en el filme.
[3] No es que Allen haga referencia a Forrest Gump, pero Gil inspira a Buñuel tal como Forrest inspiró a Elvis, Lennon, el creador de la cara feliz o el de pegatinas con la frase «shit happens». La alusión al filme de Buñuel no es gratuita: los personajes de cada época visitada por Gil se sienten atrapados en una época que consideran inferior, insípida, poco creativa, tal como atrapados están los comensales de El ángel exterminador .
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Proyecto El chico

En 2007 realizamos un proyecto en ambiente Web 2.0: traducir la película -en dominio público- El Chico, de Charlie Chaplin (1921), a diversas lenguas. Inicialmente en Google Video se tradujo a 26 lenguas, 4 de ellas por humanos: 3 por colaboradores de Portugal, Francia e Italia, y el autor de este blog. Las demás lenguas se tradujeron vía traductores online, mayormente a través de Translate Google. Actualmente la película está en YouTube, con intertítulos en 12 lenguas. Más información sobre este proyecto en este enlace. Ver la película en YouTube.

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