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El cine es ensueño, es música. No hay forma de arte que vaya más allá de la conciencia ordinaria como lo hace el cine, directamente a nuestras emociones, al penumbroso recinto del alma.

Ingmar Bergman.

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Este blog no es de crítica especializada ni académica; solamente de comentarios «al dente» de un espectador común.

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10 marzo 2012

Solaris – Andréi Tarkovski (1972)



El cine es un misterio. Es un misterio para el propio director. El resultado, el film acabado, debe ser siempre un misterio para el director, de otra forma no sería interesante.
Andréi Tarkovski


El cine de Andréi Tarkovski es peculiar. No solo porque trata sobre temas realmente difíciles, también porque la puesta en escena es distinta a lo tradicional. Fue un cineasta original, con sus propios códigos y su propio estilo. Largas tomas, muchas de ellas mostrando objetos inanimados, lentos movimientos de cámara, a veces imperceptibles, música perfectamente adecuada, muchas tomas desde el punto de vista –y desde la mente- del sujeto observador y, a decir de la crítica, muchos símbolos, si bien él dijo que no los usaba, que su cine solo era poesía de la imagen. No es fácil deconstruir a Tarkovski. Podemos, eso sí, interpretar de alguna manera su obra, al igual que la de otros creadores. Una interpretación personal, subjetiva.

En Solaris, el sicólogo Kris Kelvin es enviado a la estación espacial homónima, para establecer si se debe continuar con el proyecto o no. En la estación han ocurrido eventos extraños e inexplicables, incluso el suicidio de uno de los cosmonautas científicos. Kris viaja a la estación, donde solo quedan dos compañeros. Pero esa no es la única compañía que tendrá el sicólogo, pues también hay “visitantes” que son materializaciones de seres que están registrados en la mente de los tres cosmonautas. Entre estos visitantes se cuenta Kari, una ex esposa de Kris, que se había suicidado hace 10 años. El amor entre Kris y Kari renace, y Kari evoluciona, haciéndose cada vez más humana, a pesar de ser un ente conformado por neutrinos en lugar de átomos, como los humanos. El planeta Solaris, cuyo manto externo es un océano con patrones de movimiento que responden a la información que recibe de los cosmonautas, es el que genera los visitantes y los hace presentes en la estación. Kris se encuentra atrapado entre recuerdos, deseos y preguntas sin respuesta. Al final Kris acepta que la realidad de su mente es tan válida como la realidad física, pero preferible, lo cual da como resultado un sorprendente final.




¿La imposibilidad de comunicarse o la posibilidad de incomunicarse?

En Solaris, el director admirado por Ingmar Bergman y admirador de Bergman, nos habla –entre otras cosas- sobre la comunicación y la incomunicación. La novela sobre la cual se basa la historia, pretende exponer las dificultades que podría haber en la comunicación con una especie alienígena. Pero Tarkovski quería ir más allá, e introdujo elementos con los que extrapolar esa dificultad a la comunicación de los seres humanos entre sí, y a sí mismos. Más que la ciencia ficción, le preocupaba a este realizador el universo interior de los seres humanos. La ambientación espacial es solo una excusa para transicionar de la temática de la novela al planteamiento de su película. Al introducir el elemento extraterrestre, se logra empalmar la dificultad de comunicación con otras especies, que es obvia, a la dificultad endógena del Hombre, más dura de aceptar.

Debido a que es una película conceptual y no de exhibición de efectos especiales, se recurrió a una visión antropocéntrica (como humanos que somos, difícilmente abandonamos eso): el océano de Solaris, a quien se le atribuye la inteligencia que genera los visitantes, se tiene que antropomorfizar para contactar a los humanos. La incapacidad es de éstos más que del sistema alienígena. Esta comunicación es, sin embargo, limitada y solo puede acrecentarse con el tiempo, a medida que los visitantes se humanizan. La materia prima para generar los visitantes la obtiene el océano de la mente de los cosmonautas, de sus recuerdos, también de sus temores y de su imaginación. Esto pone en el tapete los dos problemas básicos de la comunicación: la comunicación con otros y la comunicación con uno mismo, con sus fantasmas, su memoria y sus miedos.




A pesar de nuestro lenguaje complejo, que incluye lengua hablada y escrita, gestos y recursos sensoriales, no podemos comunicarnos sino en un nivel elemental. Nadie puede comprender en su total dimensión las emociones, los sentimientos de los otros. Podemos acceder a la representación de una emoción: una risa que expresa alegría, o las lágrimas que reflejan la tristeza o el dolor; pero no podemos sentir lo que la otra persona siente, en su real intensidad. Solo podemos compararla con una emoción similar a la que nosotros sentiríamos bajo la misma representación. Es por tal motivo que a las personas que tienen (o tenían) filiación con una víctima se les llama dolientes. Solo los dolientes sienten el verdadero dolor, y cada uno con su intensidad y con su forma propias. El océano de Solaris, el que suponemos un ser superior, logró algo parecido al humanizarse en Kari y sentir similar a como ella sentía, como los humanos sienten, con la salvedad de que los humanos sentimos diferente unos de otros. Esta capacidad de la materia neutrínica humanizada cataliza los recuerdos de Kris y su deseo de permanecer con Kari (que solo puede “vivir” en la estación), e incluso lo hace desistir de regresar a la Tierra.

En cuanto a la comunicación con nosotros mismos, cual dialéctica en soliloquio, Tarkovski, al igual que Bergman, Allen, Antonioni, y muchos otros cineastas, nos deja preguntas para algunas de las cuales solo tímidas respuestas comienzan a esbozarse hoy desde las neurociencias. Quizás para otras no haya respuestas. Lo que sí parecía evidente en esta película, es la facilidad que tenían los visitantes producidos por Solaris para comunicarse consigo mismos, a través de la limitada y desfigurada data que obtenían de las mentes de los humanos. La incapacidad de comunicación inmanente de los humanos para consigo mismos, se hace patente en la falta de respuestas que tenemos para preguntas que nos hacemos a nosotros sobre nosotros mismos. Esto nos recuerda la frase que –se dice- estaba esculpida en el pronaos de Delfos (conócete a ti mismo), y el aforismo del Tractatus de Wittgenstein que reza que de lo que no podemos hablar, debemos guardar silencio.


Los “rollos” existenciales

El asunto de la [in]comunicación no es lo único de lo que trata Solaris. A lo largo de la película también se discurre sobre el verdadero sentido de la existencia humana, el propósito de nuestras acciones, las relaciones familiares y sus secuelas, el hecho de que la humanidad no termina en nosotros, lo acogedor que es nuestro ambiente, la realidad del entorno y nuestra realidad, los fantasmas y temores que anidan en nuestro laberinto mental. Todos estos ingredientes constituyen el contenido mental de Kris, cual humano que es. Este cóctel es tan rico y variado, que conforma un sistema interneuronal, un entramado complejo en el que todos los elementos están relacionados con muchos, y en el que el llamado efecto mariposa tiene perfecta cabida. Así, cualquiera de ellos influye en cualquiera de los otros. Un cóctel tautológico.


La Internet, un ejemplo de sistema interneuronal.


En Solaris se abordan esos ingredientes: el perdón a la madre, la falla de la memoria, el recuerdo, la duda ante regresar o quedarse, la dialéctica sobre las grandes preguntas de la vida, la búsqueda de la área de confort y el deseo de permanecer en ella, el amor, la amistad. No es casual que Kris sea psicólogo, pues de esa forma podemos establecer: si eso le pasa a un psicólogo ¿qué queda para nosotros, que no lo somos? Kris no logra deslindar sus ideas y motivaciones personales del objetivo frío y científico de su misión, lo cual era imperativo. Tal como lo han dicho muchos científicos, es difícil –por no decir imposible- deslindar ambas cosas. Realidad física versus realidad síquica.

Solaris es una película extraña, profunda, que llama a la reflexión metafísica en todas sus escenas. Una extraordinaria película.

Otros comentarios –en español- sobre esta película en este enlace, en este y en este otro; y en inglés aquí.


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Proyecto El chico

En 2007 realizamos un proyecto en ambiente Web 2.0: traducir la película -en dominio público- El Chico, de Charlie Chaplin (1921), a diversas lenguas. Inicialmente en Google Video se tradujo a 26 lenguas, 4 de ellas por humanos: 3 por colaboradores de Portugal, Francia e Italia, y el autor de este blog. Las demás lenguas se tradujeron vía traductores online, mayormente a través de Translate Google. Actualmente la película está en YouTube, con intertítulos en 12 lenguas. Más información sobre este proyecto en este enlace. Ver la película en YouTube.

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