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Este blog no es de crítica especializada ni académica, solo de comentarios «al dente» de un espectador común.

Advertencia: destripe.

Algunos comentarios hacen referencia a momentos claves del argumento o al desenlace de este (destripe, spoilers).
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04 agosto 2020

El rostro ajeno - Hiroshi Teshigahara (1966)


Imagen del póster en IMDb.

Nunca olvido una cara,
pero con la suya voy a hacer una excepción.


También llamada La cara de otro (Tanin no kao en japonés transliterado), es un filme del realizador Hiroshi Teshigahara, el mismo director de la excelente película La mujer de la arena. Okuyama (Tatsuya Nakadai) ha tenido un accidente que le ha desfigurado el rostro por completo. Hace alarde de su condición, con hiriente sarcasmo, con su mujer, interpretada por la bella Machiko Kyō. El doctor Hira (Mikijirō Hira), un siquiatra, le confecciona una máscara con el rostro de un tercero, al que le dan dinero por facilitar su rostro para hacer la máscara de Okuyama. Una de las primeras cosas que hace cuando tiene la máscara es seducir a su esposa; pero se llevará una sorpresa. Termina convirtiéndose en otra persona, haciendo fechorías, al amparo de un rostro que no es el de él.

Una subtrama presenta a una joven con una cicatriz horrenda en su rostro. La joven no tiene relación con Okuyama y trabaja en una residencia de veteranos de guerra. Pese a que se cubre la cicatriz con el cabello para disimular, es objeto de burlas y acoso por parte de la gente; también tiene una relación incestuosa con su hermano. Por diálogos con él, se infiere que la herida se la produjo la bomba atómica de Nagasaki. Esta subtrama, desconectada del resto del filme, nos muestra una posible reacción de otro sujeto con el mismo problema de Okuyama, pero sin la suerte de haber accedido a una máscara para cubrir su herida. Ante la presión social (aumentada por el sentimiento de culpa del incesto), la joven decide quitarse la vida. Esta subtrama aborda el tema de la belleza más que el de las apariencias o la ocultación de la personalidad; que lo cubre la historia de Okuyama. Hay escenas surrealistas que, sin pretender ser simbólicas, plantean una ruptura del hilo narrativo.

La película tiene una gran fotografía y unos diálogos nada pueriles. Algunos, de hecho, son profundas reflexiones filosóficas sobre el ser y las apariencias; tópicos conectados con el rostro. Una muy buena película.


Fotograma de la película. Tomado de IMDb.


El rostro no es una parte más del cuerpo humano. Es el área donde se ubican los cinco sentidos con los que el ser humano percibe su entorno. También por donde se expresa el habla, mecanismo para hacer uso de la diferencia más notoria que tiene respecto a los otros animales: el lenguaje. La cara también es el elemento característico que identifica a primera vista a cada individuo de manera unívoca. La cara es el espejo del alma, dice un adagio. Cuando hablamos con el otro, le vemos al rostro y él nos ve al nuestro. El reconocimiento del otro comienza por el reconocimiento del rostro del otro. Casi se podría decir que es parte de nuestra personalidad.

Cuando Okuyama suplanta su propio rostro por otro, en su mente comienza un juego (peligroso) de suplantación de personalidad; o al menos de comportamiento. Está bajo la protección de la no identidad, del anonimato. Es la misma protección que podemos ver hoy en día en las RRSS: los individuos se esconden tras un avatar, que los representa como anónimos ante los demás, para proferir una opinión descabellada, un insulto a otro o una valoración equivocada sobre un tópico cualquiera. Es una «libertad» ficticia porque tras esa careta falsa, se esconde una persona que es esclava de su propia cobardía.

Un aspecto, quizás importante, relacionado con el rostro, es la relativa similitud de sus facciones al modelo de belleza o al modelo de fealdad que predomina en una sociedad. El rostro con características tales que se considera hermoso por la mayoría, tiene mayor aceptación; mientras que un rostro cuyos rasgos están dentro de lo que se considera feo, tiene no solo menos aceptación, sino que puede llegar a ser repulsivo. La película no trata este asunto en la trama de Okuyama, pero sí en la de la joven con la cicatriz. En otras partes del cuerpo también se verifica esta predisposición social; pero en el rostro es mucho más marcada.

He aquí algunas frases de los subtítulos que llaman a reflexión (la primera es un sarcástico juego de palabras de Okuyama cuando es irreverente con una mujer):
  La máscara me hace descarado.
  Las máscaras podrían destruir completamente toda la moral humana.
  Llevar máscara es como vivir sin gravedad.
  Cuando estamos enamorados intentamos desenmascararnos.

Toda una reflexión sobre las apariencias y la ocultación del ser. Si bien la máscara a la que hace alusión la película (y este artículo) es física; se puede entender la trama (y este artículo) con máscaras virtuales; es decir, como un deseo vehemente del que pretende ocultar su ser ante los otros. Okuyama así lo quiso, mientras que la chica de Nagasaki no. Otra película importante relativa a la relevancia del aspecto personal y las consecuencias de la fealdad en una persona, es El hombre elefante (1980), del cineasta David Lynch, basada en la vida del infortunado Joseph Merrick


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Artículo en Wikipedia, inglés:


03 mayo 2019

La mujer de la arena - Hiroshi Teshigahara (1964)




No hay necesidad de huir todavía.
Soy libre para hacer lo que me gusta.
...
Reflexión final de Jumpei.


Un profesor, Jumpei, pasea por las dunas en busca de insectos, se duerme y es sorprendido por la noche. Ante la ausencia de hotel en la zona, los lugareños lo invitan a pernoctar en la casa de una joven y solitaria viuda. No desinteresadamente, pues ellos quieren que forme pareja con la viuda y la ayude en su pesada tarea. La casa está en un foso y es continuamente afectada por la arena que el viento deja sobre ella; la viuda vive de recoger la arena y entregarla para su venta a los vecinos, quienes a cambio le proveen de agua, comida y enseres. La arena, que es salada, la venden para la industria de la construcción. A pesar de que él desea regresar a la civilización cuanto antes, se ve imposibilitado para salir de ahí. Al principio los vecinos y la mujer sabotean para que se quede; pero con el tiempo nace un vínculo entre el profesor y la mujer, él pierde el interés en irse y llena su vida con pequeñas cosas como hacer un pozo en donde percola el agua freática. Ella queda embarazada y los vecinos la llevan al médico por presentar dolores, quedando el profesor solo en casa. Pese a ello, él no se va (argumento más detallado aquí).

No deja uno de pensar en ciertos paralelismos entre este argumento y el de El ángel exterminador, de Luis Buñuel. Pero hay diferencias. Mientras que en la película del cineasta español los personajes no tienen impedimentos para abandonar el recinto, el profesor Jumpei es víctima de una trampa y no puede irse de la casa de la mujer. Los personajes buñuelianos abandonan la casa sin saber por qué estaban retenidos, mientras que Jumpei no se va de su "prisión"; quizás con el conocimiento de por qué no debe hacerlo. El profesor cayó víctima de una trampa, tal cual los insectos que él atrapa. Valga como símil que la mujer de la arena sería una suerte de araña y él su presa. Todas sus disquisiciones sobre su ventajosa vida en la ciudad se diluyen como la arena en el viento y dejan de tener peso ante una nueva realidad que la vida le ha impuesto. Este sujeto, alienado en la ciudad, ahora es igualmente alienado en su nuevo sitio de encierro, pero no sin algunas satisfacciones como lograr extraer agua de un pozo o tener sexo con su pareja. Las nuevas condiciones de vida, que apenas le parecían dignas para pasar una sola noche, son ahora su realidad diaria; la costumbre y el tiempo han hecho su trabajo: Jumpei se ha adaptado a una nueva y muy diferente forma de vida con la misma parsimonia que el viento esculpe las dunas; al principio de una manera forzada, debido a la inviabilidad de fuga, luego porque él mismo valora lo que tiene y concluye que puede seguir viviendo así. Pero no todo es malo en su nueva vida, sino su deseo de huir se mantendría incólume. El nuevo Jumpei, por ejemplo, tiene una concepción del tiempo muy distinta al Jumpei que llegó a las dunas, siete años atrás, un tiempo más ralentizado. También se siente más libre que en su vida citadina anterior. Su reflexión final se parece -guardando las distancias- a la del Cándido de Voltaire: quedarse tranquilo a cultivar su jardín es suficiente, en contraposición con las grandes expectativas que tenía en el pasado. ¿Conformismo, costumbre, satisfacción? Hiroshi Teshigahara no pretende contestar, le deja eso al espectador.

Sin pretender ser cursi, hay que acotar que es posible que uno de los elementos que hacen que Jumpei no se fugue sea el amor. Ya transcurridos meses en la casa, la relación entre él y la mujer -relación un tanto extraña para el canon estándar- tiene muchas posibilidades que haya sido permeada por el amor, un amor cuyo fruto será un nuevo miembro para conformar una familia. No es algo trivial. Si él no se va, ¿es porque descubrió un pozo de agua, porque tiene una mujer con la que tener sexo, porque tiene comida garantizada a cambio de palear arena, porque puede atrapar insectos libremente, porque ya hay amor y un futuro hijo en su existencia?

La mujer de la arena es un filme con temática existencialista por excelencia. Plantea diversos problemas comunes al morador urbano postmoderno. Tópicos como alienación, pobreza, libertad y libre albedrío, conformismo, ambiciones, la vida rural frente al mundo urbano, la fuerza de la costumbre, la ética, la relación hombre-mujer como relación de poder, la interacción con el entorno social, la relación hombre-mujer desde el punto de vista utilitarista, etcétera, son confrontados o abordados con más o menos profundidad. El discurso de Teshigahara no solo es construido por el argumento central, también por la enorme cantidad de símbolos explícitos o sugeridos que captan la atención del espectador y lo invitan a pensar. La película, que uno va a ver por vez primera con algunas reservas, atrapa desde el principio, a pesar de su cadencia lenta, porque está realizada de manera magistral, no solo desde el punto de vista discursivo sino también desde el punto de vista técnico, con unos primeros planos muy pertinentes e incisivos, iluminación y fotografía impecables, muy buenas actuaciones y una oportuna y excelente música que, cuando acompaña a las imágenes, dista mucho de ser transparente. Mención especial merecen las secuencias eróticas, que son soberbias, de gran sutileza y de una elegancia casi poética al tiempo que dejan entrever la pasión subyacente. Es, sin lugar a dudas, una extraordinaria película, una joya del cine asiático.

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Otras reseñas:

Proyecto El chico

En 2007 realizamos un proyecto en ambiente Web 2.0: traducir la película -en dominio público- El Chico, de Charlie Chaplin (1921), a diversas lenguas. Inicialmente en Google Video se tradujo a 26 lenguas, 4 de ellas por humanos: 3 por colaboradores de Portugal, Francia e Italia, y el autor de este blog. Las demás lenguas se tradujeron vía traductores online, la mayoría a través de Translate Google. Ahora la película está en YouTube, con intertítulos en 12 lenguas. Más información sobre este proyecto en este enlace. Ver la película en YouTube.

Las 10 + proyectadas